lunes, 4 de abril de 2016

Fábulas

1.- El león y el ratón.
Conviene que seamos generosos con todo el mundo, en la medida de nuestras fuerzas, pues con frecuencia necesitamos la ayuda de alguien más débil que nosotros… De esta verdad dará fe la fábula siguiente:
Un día que salió un ratoncillo de su agujero, muy aturdido, fue a caer entre las garras de un león. El león, rey de los animales, se mostró muy generoso y decidió no comerle y perdonarle  la vida. Pero aquella generosidad no había sido gratuita, y el león había visto en el insignificante ratón a un importante aliado.
Aquel fiero animal, había caído en unas redes de las cuales no podía escapar, y de nada le servían sus rugidos y sus temibles garras. En cambio, el ratoncillo… ¡qué bien se movía entre las redes! De este modo, trabajó a fondo con sus minúsculos dientes hasta roer la malla, y conseguir devolverle el favor al león de perdonarle la vida, desarmándole todos los nudos de la malla.
Y es que…consigue más la paciencia y el tiempo, que la ira y la fuerza bruta.
2.- El egoísta.
Érase una vez un hipopótamo que tomaba el autobús muy, muy temprano, para acudir a su trabajo. Pero este hipopótamo, en lugar de guardar su sitio en la cola como hacían los demás, no dudaba en imponerse a todos a fuerza de empujones y manotazos hasta verse el primero de la fila. Con frecuencia este hipopótamo egoísta causaba peleas enturbiando el buen ambiente del vecindario.
No contento con situarse por la fuerza el primero, una vez se encontraba en el autobús, el hipopótamo subía a lo bruto repartiendo sin vergüenza codazos y pescozones a sus pobres compañeros de viaje hasta que conseguía hacerse también con el asiento que mejor le pareciese. El hipopótamo no reparaba en las formas a la hora de salirse con la suya.
Una vez en el asiento elegido, el hipopótamo abría un periódico amarillento y lo extendía al máximo posible con el fin de tapar la cara y agobiar a su compañero de asiento. Además, y por si esto fuera poco, le daba por toser y bostezar con la boca abierta y a un buen volumen, con el único fin de molestar y fastidiar a todo el mundo.
A la hora de salir del autobús, el hipopótamo lo hacía del mismo modo que había entrado, arrollando con sus fuertes pisotones a los viajeros del autobús que se situaban delante para salir el primero. ¡Qué alivio sentían todos cuando pisaba la calle y parecía alejarse!
Que mala consejera es la envidia, como muestra esta historia. Y es que, amiguitos, es importante recordar que para vivir en sociedad y no ser temidos ni rechazados, hemos de preocuparnos por el bienestar de los demás como si fuera el propio evitando molestar a nadie y mostrando en cada paso nuestra buena educación.
3.- El tigre que se mordía las uñas.
Érase una vez un tigrito muy travieso y nervioso que tenía la costumbre de morderse las uñas. Con mucha frecuencia, su madre le seguía los pasos, tratando de sorprenderlo en el momento justo de llevarse las patas a la boca, y poder así reprenderlo con razón. Ella probó diferentes métodos, pero llegó a convencerse de que era imposible persuadir a su hijo de lo nocivo que era ese hábito. Aun así, no pasaba día sin que regañase al tigrito:
  • Deberías observar a tus amiguitos. Ellos tienen las uñas largas y lustrosas. Se sienten orgullosos de lucirlas. Tú, en cambio… ¡oh, qué disgustos me das con tu costumbre! – Se quejaba la mamá.
  • ¡Buah! No veo nada malo en morderme las uñas, mamá. – Respondía el tigrito con un gesto travieso, mientras seguía muerde que te muerde.
Llegó la primavera y, como siempre, el tigrito se fue al bosque para jugar con sus amiguitos. Esta vez le acompañaban dos de ellos. Corretearon largo rato de acá para allá; de pronto, uno de los amigos del tigrito vio que un pájaro se posaba en las ramas de un árbol; sin pensarlo dos veces, empezó a trepar veloz como el rayo. Naturalmente, nuestro tigrito intentó imitar a sus compañeros de juegos, pero se encontró con que no tenía uñas.
  • ¡Oh, no puedo agarrarme al tronco de este árbol! Si tuviera uñas como ellos… – Exclamó el tigrito.
Lleno de vergüenza, fue a esconderse detrás de un matorral. Mientras sus amigos intentaban cazar al pájaro, el tigrito se hizo el firme propósito de no volver a morderse las uñas.
La experiencia es la mejor maestra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario